El autor contrasta el ejemplar comportamiento ante el virus de determinados colectivos, como el personal sanitario, frente a quienes se dejaron llevar por la indolencia y la frivolidad, como el Gobierno y sus socios.

Hoy la mañana pinta triste. Como diría Cela, de color gris panza de burra. Son días en que la muerte mira de frente. Ninguna estampa como la de EL
MUNDO del 8 de abril, con crónica de Rafael Latorre y fotografía lograda por Fernando Lázaro. Atónita escena la de esos ataúdes alineados en filas de ocho. Sí, hoy, lo mismo que ayer y anteayer, España es una morgue donde los espejos biselan el alma. Nuestra baraja del tiempo está decorada por el desconsuelo y la tristeza. Ante aquellas imágenes, quien esto escribe respira hondo, serena el espíritu, hace recapitulación de lo sucedido y hasta piensa en el futuro. En España, con la Covid-19 están pasando muchas cosas. Todas terribles. A sus protagonistas, por activa y por pasiva, dirijo estas bienaventuranzas y sus antónimos las malaventuranzas, hechas a bote pronto y consciente de que no todos los personajes del drama caben en el texto.

Para el presidente del Gobierno y los suyos el asunto no tuvo importancia hasta el 9 de marzo

Bienaventurados quienes se enfrentan a la pandemia de la mejor forma que pueden y con las herramientas que tienen a su alcance y malaventurados sean cuantos se dejaron vencer por la indolencia y la frivolidad, y no supieron o no quisieron saber lo que se avecinaba. Aunque la OMS declaró la emergencia sanitaria el 30 de enero, para el presidente del Gobierno y los suyos el asunto no tuvo importancia hasta el 9 de marzo, y se equivocó de cabo a rabo al proclamar que aquellas advertencias, empezando por el uso de mascarillas y desaconsejando las concentraciones masivas, eran exageraciones. Tal vez, una coartada para mantener la manifestación del 8-M. En política las precipitaciones son malas, pero las irresponsables cautelas suelen ser peores. Cuando un estúpido hace algo vergonzoso y que nos avergüenza a todos, siempre dice que cumple con su deber.

Bienaventurados quienes con, ejemplar resignación, soportan la enfermedad. Ellos merecen un respeto imponente y, por natural inclinación,  recordemos a Albert Camus cuando distinguía entre quienes sufren la tragedia y la escriben con sus andanzas desafortunadas. Por contra, malaventurados sean los soberbios que, pese a los más de 17.000 muertos, con el país parado y al borde de una gran depresión, no terminan de reconocer el verdadero alcance de la tragedia. El Gobierno no va a lograr evitar que pase a la historia con el marchamo de embustero. El mundo está muy lejos de moverse empujado por la verdad y rinde culto a la mentira porque es más fácil capitalizarla y hacerla rentable.

Bienaventurados nuestros médicos y el resto de sanadores de la enfermedad y sus entuertos porque son criaturas puras con el alma templada y para quienes no hay riqueza que pueda compensar sus desvelos por el prójimo. Homero, el poeta de la muerte, escribió en La Ilíada que un médico vale por cien hombres, palabras que interpreto en sentido cualitativo, no cuantitativo. Por contra, malaventurados sean los ineptos que por no haber tomado las medidas oportunas y puntuales, cooperaron necesariamente o fueron cómplices de la situación. No es lo mismo errar que ser culpable, aunque sea inconscientemente. Lástima del gobernante que asediado por la incompetencia no tiene tiempo ni para pensar.

Bienaventurados los que, por fin, descansan en esos féretros donde retumba la voz del dolor. La fabricación de ataúdes es una industria que florece al abrigo de la muerte. Benito Pérez Galdós lo escribió el 20 de noviembre de 1865, en el diario La Nación. Cada ataúd fabricado indica un aliento extinguido. Cada obra concluida es una muerte. El ebanista de enfrente explota una industria que vive de la vida.

Bienaventurados quienes con Raúl del Pozo, quizá el mejor escritor español vivo y que oye el ruido de la calle envuelto en literatura, alzan su voz frente a los que quieren descabellar a los ancianos, viejos o mayores, que igual da. Nadie es nunca tan viejo que no crea poder vivir otros cien años más. Y malaventurados los que piensan que los viejos ya no sirven y poco o nada importa que el coronavirus se los lleve al otro barrio. Sean también malaventurados quienes se olvidan de los viejos que viven en absoluta soledad. Más que ninguno, esos gobernantes de medio pelo que han acordado
declarar viejos por decreto, humillarlos hablando de la necia cursilería de la tercera edad y darles un cicatero retiro que les permita internarse en una residencia, antes se llamaba asilo, en la que morir inmersos en el aburrimiento y en la soledad.

Bienaventurados sean los amigos de los afectados por la enfermedad y los amigos que ante los amigos muertos, el dolor les baila en el corazón, en la garganta o en la mirada. Lo malo de los amigos idos es el vacío que dejan en el alma y la memoria y que jamás se acierta a rellenar con nada. La amistad, como el amor, se hacen, minuto a minuto y para toda la eternidad. Lo malo del amigo muerto es que sólo sirve para recebar el dolor de haberlo perdido.

Bienaventurados los directores de medios de comunicación, periodistas, escritores, juristas y profesores de universidad, que desde sus micrófonos, sus editoriales, sus columnas o sus tribunas, informan de manera veraz, ilustran con rigor científico y hacen del periodismo una profesión al servicio de algo, que no de alguien. Malaventurados aquellos que con sus pasiones, caprichos trampas y otros vicios semejantes, pretenden y a veces lo consiguen, dar gato por liebre, se creen más listos que nadie o se ciscan en el esfuerzo de otros para que la verdad prime.

Bienaventurados los abogados, que con técnica jurídica y probidad, arriman el hombro para que en este tiempo de dolor y tinieblas, el edificio de la Justicia no se resquebraje más de lo que está. En sentido inverso, malaventurados sean aquellos letrados de tres al cuarto, de apariencia sin ciencia, de retórica sin sustancia y de conciencia fácil que se ofrecen a los damnificados del coronavirus como auténticos traficantes de sentimientos.

Bienaventurados quienes –sean personas, físicas y jurídicas, es decir, empresarios– ayudan a combatir la enfermedad con sus aportaciones altruistas. Ejemplos: las donaciones de Amancio Ortega, Juan Roig, Rafael Nadal o Bill Gates y su fundación contra las epidemias. En la otra orilla, malaventurados quienes en estos generosos comportamientos sólo ven motivos espurios o aviesos, aunque tampoco debería preocuparnos, pues son actitudes típicas de una izquierda con propensión a la gilipolllez –con perdón– y a la más huera sinrazón. Ya se sabe que el número de necios es infinito, aunque es cierto que no se aclara quién es el necio, si el tonto o el que lo parasita fingiendo creerse sus tonterías.

Bienaventurados los que calculan que la dictadura de la pandemia será corta si se compara con el reinado de la salud y quienes confían en que a no tardar la alegría volverá a nuestras vidas, las calles y las plazas se animarán, despertarán los que duerman un sueño de abatimiento y resucitará todo lo que permanece inerte. No hay desgracia que el hombre no pueda superar escudándose en la esperanza.

Termino como empecé. Con dolor por todos los muertos y enfermos contagiados. Hoy, precisamente hoy, día en que, según los datos, el número de fallecidos por la Covid-19 sigue aumentando, nuestra España no es la que quisiéramos. Pero tampoco perdamos la fe. Raimundo Lulio sostenía que la paciencia llora en sus comienzos y ríe en el fin. Todo llega para el que puede y saber aguardar.

-¿Ha oído usted eso de que en España el que resiste, gana?
-Sí, lo he oído más de una vez; lo malo es que algunos no llegarán a ganar porque se murieron resistiendo.
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!, dijo el doliente Bécquer en aquellos versos que hoy se hacen proverbiales.

 

**Javier Gómez de Liaño es abogado. Fue magistrado de la Audiencia Nacional y miembro del Consejo General del Poder Judicial