El autor se muestra crítico y preocupado con la campaña de Podemos contra los medios de comunicación críticos y la defensa de su líder de ‘naturalizar’ los insultos, algo impropio de toda democracia.

EL DÍA de san Fermín, tras el Consejo de Ministros, el señor vicepresidente segundo del Gobierno se plantó en el ruedo de la sala de prensa, se atusó la coleta, se ciñó la faja, se puso flamenco y ante la mirada atónita de dos ministros y una ministra, empezó a hablar del caso Dina. Esto es lo que don Pablo Iglesias dijo:

«Hay que naturalizar que en una democracia avanzada cualquiera que tenga una presencia pública y que tenga responsabilidades en una empresa de comunicación o en política está sometido tanto a la crítica como al insulto en redes sociales». Olé. Esto es hablar a portagayola. Esto, lo de «naturalizar», es también el verbo escorado del tercio de varas democrático, pero lidiado por quien no pasa de maletilla. Esto es el novillero tremendista atornillado en la arena. Esto es la crónica taurina de un político de medio pelo capaz de elevar el absurdo a la categoría de dogma. Esto es la ineptitud de un indocto de tomo y lomo que, empeñado en engañar con frases, se ha olvidado de las palabras.

Y siguió el maestro, calándose la montera hasta el entrecejo: «Si piensan que esto nos debilita, es que no nos conocen». Bravo. La frase es de un barroco de vuelta al ruedo, de un gongorismo practicado por el último de la escuela. No recuerdo quién dijo que los monos no hablan para que no les obliguemos a trabajar, pero da igual. Yo creo que el señor Iglesias habla y habla para no cumplir con su obligación de hacerlo con propiedad.

Lo primero que manifiestan estos ilustrados párrafos del señor vicepresidente segundo del Gobierno es que eso de la sintaxis no va con él, que le queda grande, como grande le queda la chaquetilla del traje de luces o el de Zara que suele llevar en los días que se pone solemne y siente el impulso de formular pensamientos circulares en torno a lo que quiere decir y jamás dice. Tengo bastante escrito sobre la mentira –la última vez y en este mismo espacio, el mes pasado– y de lo que he dicho lo que más me gusta es eso de que sólo a los poetas les está permitido mentir. El señor Iglesias es un embustero que quiere callar la verdad hablando mucho. El arte de la mentira, como el arte del ingenio, es la concisión. El que se lía solo y habla sin parar no es un virtuoso de la palabra, y además de embustero, es bobo. Lo que tienen algunos chicos de la nueva normalidad de la izquierda, del progresismo venezolano, del socialismo con tabla de multiplicar para ellos y de restar para los demás, es que en lugar de tomar la política como lo que es, o sea, un medio de ordenar la convivencia, la consideran un fin, ignorando lo básico, como, por ejemplo, la Enciclopedia Álvarez, el Diccionario de la RAE y los diálogos socráticos, que ya no se usan ni se enseñan. En la nómina de parlamentarios criados a los pechos de Pablo Iglesias, hay ágrafos genéticos que viven deslumbrados por la faena fácil y hueca de su líder, que convierte los pases de pecho en alegorías fantasmales.

Lo suyo, lo que espetó a la prensa, hablando de «gentuza» y de «tipejos» e incluso poniendo nombres y apellidos en la punta de su estoque, no es sólo una cuestión ética del señor Iglesias, que eso se lo han reprochado los periódicos y algún que otro sondeo de opinión. También es una cuestión estética. Pablo Iglesias, con su comportamiento de picador rancio y adiposo, ha demostrado que al menor lance descompone la figura, que es un monosabio resabiado, un enfermo de soberbia y hasta un flojo de remos, aunque luego salga muy gallito, no de Rafael Gómez Ortega, El Gallo, en las televisiones amigas que son como sucursales de su sede política. Un político de bien, llámese fulano o mengana, un diputado de cuerpo entero, sea nacional o extranjero, no puede practicar el deporte del tiro al plato, o al pichón, del periodista incómodo y menos que lo haga con la impunidad que le ofrece el cargo.

El ataque virulento de Pablo Iglesias a la prensa supone un intolerable intento de apuntillar uno de los pilares de nuestra democracia.

El ataque virulento de Pablo Iglesias a la prensa supone un intolerable intento de apuntillar uno de los pilares de nuestra democracia, lo que le convierte en un peligro para la ciudadanía, aunque, a decir verdad, puestos a encontrarle alguna atenuante, se le podría aplicar, con mucha generosidad, la de que, en un pispás o santiamén, por decisión de un juez, ha pasado de perjudicado a perjuro y está a punto de ser empitonado por el tribunal competente. La oratoria es arte muy confuso y, cuando se inflama, recibe el nombre de verborrea, dolencia difícil de combatir. En política deben prevalecer las palabras mesuradas sobre las palabras insurrectas.

En el Vocabulario de refranes, frases proverbiales y otras fórmulas comunes de la lengua castellana del maestro Gonzalo Correas, se registran las locuciones «por la boca muere el pez» y «en boca cerrada no entran moscas», que se traducen como la sana recomendación de que se tenga mucho cuidado antes de hablar, cosa que el señor vicepresidente segundo del Gobierno tendría que haber hecho antes de opinar de la prensa en los términos que lo hizo, aunque, al fin y al cabo, los mortales somos como la naturaleza nos hizo y a veces peor. Ya se sabe que a los atacados de verbosidad, la pasión, en lugar de ayudar, sirve para cegar sus mentes y torcer sus pensamientos, lo cual podría evitarse si en el momento preciso se les metiese acíbar en la boca, como se hace con los niños descarados y lenguaraces. Quizá esto sea lo que el señor Iglesias necesita y menos mal que ante los disparates que dijo, al día siguiente, Margarita Robles, ejerciendo de ministra de Defensa, le salió al quite y declaró que «No comparto con Pablo Iglesias el que justifique los insultos (…) que los insultos nunca son justificables ni en una sociedad democrática, ni en las redes, ni en ninguna otra parte, sino, todo lo contrario», y que «los medios de comunicación son el oxígeno de la democracia», algo que es de cajón y que se aprende en cualquier facultad de políticas o de periodismo, donde nadie puede entrar si ignora que un periódico es una nación hablándose a sí misma.

Es por falta de ética y estética, sí –léase el código de tal nombre de Podemos–, por lo que Pablo Iglesias se ha incorporado a la casta de los impresentables. Es porque está fuera de cacho, y ya da igual que a Diana Bousselham le haya mandado cerrar el pico y dedicarse a hacer de periodista en un diario digital de La Última Hora, mientras su rosario de mujeres que hacen la ruta judicial, principalmente la de la Audiencia Nacional, tienen que dedicarse a tapar sus vergüenzas, porque, según dijo Teodoro León Gross en su penúltima columna de El País, lo suyo, «su estrategia, resulta mezquina, incluso zarrapastrosamente mezquina».

SON TANTOS los españoles que han llegado a tal hastío, a tal grado de cansancio del señor Iglesias y de su charlatanería, que ya son muy pocos los que le siguen teniendo confianza. Ahí está el hundimiento de Podemos en las elecciones gallegas y vascas. Hasta sus fieles le han perdido el cariño que le tenían y se lo dicen en vis a vis y le cantan las cuarenta por lo de la vida que se ha montado en Galapagar, no muy lejos de la finca de don Jacinto Benavente, que aquel sí que era un malquerido. Parece claro que Pablo Iglesias no tiene arreglo. Que ha mentido demasiado. Que su matonismo no tiene perdón de Dios, ni de Alá. Que se le notan demasiado sus complejos varios, como ese «paternalismo machista» del que hablaba el director de EL MUNDO, ese feminismo de quita y pon que demostró padecer al reconocer que se quedó con la tarjeta SIM de su ayudante personal y que lo hizo para proteger y «por no meter presión» a «una desamparada mujer de veintitantos años».

Es probable que al señor Iglesias le pesen los años que lleva ejerciendo de tahúr de la política, de apóstol de la moral bolivariana y de predicador populista. Tanta tabarra, tanta empanada intelectual para llegar a esto, para que alguna prensa y algunos profesionales de ella le resulten insoportables. Que se quede definitivamente en la sierra de Madrid con una pensión de ex que, sin duda, le cubrirá holgadamente sus necesidades. Pero que no se crea imprescindible. Lo imprescindible es España. También los medios de comunicación.

**Javier Gómez de Liaño es abogado. Fue magistrado y miembro del Consejo General del Poder Judicial.