El sábado murió un hombre de bien. Se llamaba Julio Anguita y tenía 78 años. Hoy, lo mismo que ayer y anteayer, en el corazón de muchos, empezando por el de los ciudadanos de Córdoba, cuyo alcalde ha decretado tres días de luto oficial, las campanas del dolor tocan a difuntos porque un familiar, un amigo y una persona de ley acaba de morir.

A mí, que, por razón del oficio, me ha tocado ver muchos muertos, la muerte de Julio Anguita me ayuda a creer más en la muerte. Es cierto que un hombre es la columna de una biografía, alguien que mientras vivió hizo cosas. Pero también es un ser que un día desaparece y se convierte en pasado. De Julio Anguita, quienes siguieron su trayectoria, han recibido saludables lecciones. Una, la de que hay que ser humildes y honrados, que son de las más nobles y difíciles de las virtudes, a diferencia de la soberbia y la indecencia que tanto mal hacen.

Julio Anguita, que era la viva estampa del hombre coherente y rabiosamente fiel a unos principios tan elementales como férreos, ha muerto con el corazón roto en estos confusos y dolorosos momentos que España, al igual que el resto del mundo, atraviesa por culpa de la peste del coronavirus. Su figura es ya carne de historia. Las mentes serenas le juzgarán como se merece. Yo, en la hora triste de las alabanzas fáciles, no quiero dejarme llevar por una estéril adulación, ajena a mi talante y al suyo. El dolor, por íntimo, debe ser secreto. Tampoco me interesa dejar constancia fría de su actividad política, como licenciado en Historia Moderna y Contemporánea, como maestro o como luchador en favor de las libertades, cosa que han hecho otros más cercanos a él y cualificados que yo. Para mí es suficiente confesar que en el mundo hay un hombre menos a quien admirar.

Fugit irreparabile tempus. El tiempo huye sin remedio. Y la vida también. Son tan crueles como ciertas las palabras de Shakespeare cuando nos advierte de que maduramos y maduramos de hora en hora para luego, de hora en hora también, pudrirnos y pudrirnos hasta que se acaba el cuento. Pero la vida, además del corazón que late, es el pensamiento que flota sobre el corazón inerte. Lo malo de la muerte de Julio Anguita es el hueco que deja en el corazón de sus seres queridos. Eso pese a no olvidar que lloramos a los muertos como si ellos sintieran la muerte sin saber que los muertos están en paz.

–¿Te acuerdas de que fue Julio quien con Pablo Castellano firmó un manifiesto en tu defensa cuando el asunto Sogecable?

–Sí, claro. Fue el 16 de octubre de 1999. Lo hizo a título personal. No en representación de sigla política alguna. También recuerdo que patrocinó una cuestación popular para pagar la multa de un millón de pesetas que me impusieron.

–¿Y de la merienda en su casa en el verano siguiente?

–Por supuesto. Hasta del menú: jamón de york, queso y sandía.

No es fácil olvidarse de tan generosa hospitalidad, aunque nada de esto ha pesado en mi ánimo al redactar estas breves líneas.

La amistad es necesaria y hermosa. De ahí el horror al olvido, segunda muerte inseparable. Vivir en el corazón de los que dejamos detrás de nosotros no es morir. A Julio Anguita podría caberle como epitafio esta sencilla leyenda: «Siempre con la verdad por delante». Descanse en paz el hombre sembrador de buenos ejemplos y leales consignas y, como los romanos querían para sus muertos, digámosle: que la otra vida te sea leve. Envío mi pésame a sus familiares y a los auténticos amigos y compañeros, defensores de la libertad, la justicia y la concordia.

A partir de ahora, de Julio Anguita ya no podré hablar más que en pretérito. «Imperfecto», por supuesto.

 

** Javier Gómez de Liaño fue magistrado y miembro del Consejo General del Poder Judicial. Hoy es abogado