A Santiago González, coleccionista de tontos
Un diputado de VOX llama tonta a una colega del Parlamento de La Rioja. Otro, esta vez del Parlamento vasco y, para más señas, de nombre Iñaki Gurtubidi, hizo lo mismo con el diputado Pello Ochandiano, si bien no tardó en pedirle perdón. Elon Musk dijo que Peter Navarro, asesor de Comercio del presidente Donald Trump, era tonto de remate. El propio Trump calificó de tonto al jefe de la Reserva Federal, un tal Jerome Powell, por empeñarse en mantener los tipos de interés. Y así, sucesivamente.
Aunque doy por hecho que habrá muchos más casos en los que se ha utilizado el adjetivo tonto para calificar a alguien –la última, que se sepa, a un ministro llamado Óscar Puente que ha insultado al Rey por saludar a un polémico periodista–, en relación al asunto de la tontuna cabe formularse varias interrogantes. Por ejemplo. ¿Cuántas clases de tontos hay? ¿Llamar tonto a alguien es un agravio? ¿Quiénes han sido o son los tontos más famosos?
En cuanto a variedades de tontos, la verdad sea dicha, es que no escasean, sino al contrario. A saber y sin pretensiones de exhaustividad: tontos revientatinajas, tontos capacanes, tontos miralunas, tontos cagaleches, tontos apañacolilas, tontos papatundas y tiernos, tontos inflagaitas. Los tontos revientatinajas son aquellos que en sus ratos libres se creen guardias o novios de quitan y pon. Los tontos capacanes se finjen forasteros o futbolistas. Los tontos miralunas son iguales que los murciélagos colgados. Los tontos cagaleches andan de costadillo. Los tontos apagacolillas son cobistas y van a los mítines del partido que más le puede rentar. También tengo anotado el tonto metafísico y el tonto de los pies a la cabeza, que es aquél a quien la gente en su falta de claridad llama tonto del culo, con perdón, lleva la característica pintada en la cara y sonríe con beatitud angélica mientras en el mirar se le adivina que es más tonto que Abundio, el que rompió el botijo para limpiarlo por dentro.
Ahora bien, para elenco de tontos el que nos ofrece Pedro de Tena, ese «gacetillero de profesión», como él se define, y un genio en el arte de escribir e informar, cualidad que acredita cada vez que nos regala su columna en LIBERTAD DIGITAL. Según él, quien ha escrito de los tontos con mayor precisión es don Miguel de Unamuno que habla de la inmensa riqueza de nuestro lenguaje para referirse a los tontos. Las lista es generosa: Zoquete, soso, fatuo, bobo, tundido, idiota, imbécil, mentecato, tonto de atar, majadero, adoquín, memo, badulaque, botarate, simplón, tonto de capirote, pazguato, mequetrefe, mamarracho, zamacuco, zampatortas, aunque para él un tonto realmente insigne es el tonto constitucional en referencia no a los torpes defensores o detractores de una Constitución política, pese a que abunden, sino a quien es constitucionalmente tonto, esto es, tonto, por constitución fisiológica, a nativitate, irremediable, o tonto absoluto si se prefiere .
A partir de la definición de tonto que el diccionario de la RAE nos ofrece como individuo mentecato, falto o escaso de entendimiento o de razón, según el Gran Libro de los Insultos de Pancracio Celdrán de Gomariz, tonto nunca fue insulto grave, a menos que se hiciera acompañar de calificativos que doblaran su extensión peyorativa, como loco, vano, pavo, o de genitivos, como, entre otros, del ano, o del higo, con perdón, predicativos que daban idea del tonto integral.
Si se trata de expresar preferencias, a mí, del catálogo de tontos, uno de los que más que gusta es el tonto a medias, que es aquél que cultiva con primor y con muy rigurosa constancia el poco ingenio que la naturaleza le ha dado y en justa correspondencia delata su bobería a voces y diríase que con avaricia. Casi ningún tonto se sabe tonto y casi todos los tontos no se reconocen tontos del todo, ya que el hacerlo supondría gozar de un punto de inteligencia o, lo que viene a ser lo mismo, poseer una molécula de discernimiento. Algunos tontos hasta se creen medio listos y hablan, aunque con grietas en el pensamiento, de temas profundos y se esfuerzan en acreditar mucho equilibrio. Recuérdese al señor de La Rouchefoucauld, que no tenía pelos en la lengua, cuando en su máxima 451 afirma que no hay tonto más molesto que el que se tiene por ingenioso.
—Y usted ¿conoce muchos tontos?
–Así, en un primer repaso, me doy cuenta de que a lo largo de mi ya dilatada vida me he topado con varios, aunque ninguno perfecto y, eso sí, todos felices. “Los necios me rodean como avispas”, sentencia Salomón (Salmo 118,12).
–¿Puede ser más preciso?
—Lo intentaré. De tiempos pasados, o sea de juventud y más concretamente, del bachillerato, recuerdo a un tres cuartos de tonto por el que sentí mucho cariño. Se llamaba Rogelio González Blanco, tenía la cabeza muy grande y redonda, era bizco, algo dentón y descarado patizambo. El pobre era un tonto notable y bien mirado, era un tonto en su papel, un tonto como Dios manda y no un tonto cualquiera de esos que hace falta un experto para saber que son tontos.
También he tratado a tontos de buena posición, que van por libre, y a tontos mediopensionistas. Y a tontos de secano y a tontos de huerta. Los tontos de secano se suelen llamar con nombres godos, heroicos, épicos, arriesgados y se pasan la vida empeñados en decir rarezas y cultivar vulgaridades. Los de regadío son tontos más simples, con menos pretensiones. Pienso en Paquito, Pepe, Luis, Andoni, Ander, Andreu, Francesc, Carles, etcétera, que gustan de inventar tonterías o de repetir las dichas o hechas por otros. Por ejemplo, las tonterías de los separatistas que fingen ser redentores de pueblos oprimidos por el imperialismo centralista español.
Entre los tontos actuales y conocidos, Arturo Pérez Reverte, verdadero experto en tontos, ha dicho no pocas veces que Rodríguez Zapatero es tonto y malo, cosa que con igual frecuencia y en distintos foros se dice del presidente Pedro Sánchez. Pérez Reverte sostiene la tesis de que los tontos son peores que los malos, hasta el punto de que si juntamos a un malo con mil tontos, el resultado es el de 1.001 malos.
—¿Alguna cosa más?
—Sí. Dos.
Una, que nemo repente fuit stultus. O sea, que nadie se vuelve tonto de repente y que cada cual se aplique el cuento.
Otra, la segunda, que en la España que todos soñamos y que sería algo muy parecido a la República de Platón, se debería llevar un puntual censo de tontos en el que se irían anotando los nombres que a diario fueran apareciendo con señales ostensibles de tontucia. Al final de año, lo mismo que se hace con los morosos del fisco, la lista se publicaría en el Boletín Oficial del Estado.
—¿Y Marlaska figuraría en esa nómina?
—No. Fernando Grande Marlaska, el que fue juez y luego ministro, aparece en la de los malvados. Pero ha muerto. Y no sólo él se ha ido de este valle de lágrimas. También su memoria. Descanse en la paz del cementerio judicial y político.
Artículo publicado en Libertad Digital el 07/09/2026