ESTOY seguro de que el lector, después de ver el título de este artículo, se preguntará si tan mal está Pedro Sánchez. La respuesta de muchos españoles es que, en efecto, el presidente atraviesa uno de los peores momentos de su vida, a lo que yo añadiría que motivos no le faltan.
Hay expertos en la materia que opinan que la dolencia más grave que Pedro Sánchez padece es la egolatría, originada por una argamasa freudiana de autismo y narcisismo, determinantes de tres de sus pecados capitales: la vanidad, la soberbia y la ambición. Antonio Elorza, por ejemplo, define al personaje –su libro Pedro Sánchez o la pasión por sí mismo es espléndido– como un «yo omnívoro» caracterizado por una pulsión de poder que le sirve de base con tal grado de intensidad que los principios morales y políticos le son indiferentes. Afirma que el presidente «teme a la democracia, como todo autócrata, pero también la desprecia».
No menos alarmante es el diagnóstico de algunos especialistas que atribuyen a Pedro Sánchez el «síndrome de Hybris» acuñado por el neurólogo David Owen, que consiste en el trastorno producido por el ejercicio prolongado del poder y que se constata por rasgos como la fusión del yo con la nación, el uso plural del mayestático, la temeridad e impulsividad y la ausencia de rectitud moral.
Pero aparte de tesis tan cualificadas como las expuestas, cabe preguntar: ¿qué piensan las bases del PSOE y su gente? Pero antes de la respuesta, una cuestión previa: ¿quiénes son esas bases y quién es esa gente? ¿Los afiliados al partido, los del 41º Congreso Federal celebrado a finales de noviembre del pasado año, los asistentes a los mítines de Pedro Sánchez, los pequeños burgueses sanchistas, los de los ERES absueltos por Conde-Pumpido, los empresarios dóciles con todo su golpe de IBEX, los progres del 68 que ya no quieren progresar más, los situados confortablemente por la agencia de colocación de Ferraz y así sucesivamente? Y, por cierto, qué decir de las auténticas peanas del presidente Sánchez, o sea, las mujeres y los hombres cercanos a él. Por ejemplo, María Jesús Montero, siempre sonriente como una rosa; Félix Bolaños que, aunque es ministro de Justicia, no puede con la balanza de la diosa Temis y está empeñado en destripar a Montesquieu; el ministro Marlaska, desertor de la judicatura y al que ni policías ni guardias civiles respetan y él conoce bien las razones; Margarita Robles, siempre prietas las filas, gesto alegre y firme el ademán. Es evidente que Pedro Sánchez, con estas mimbres y un partido tan fortificado de feudosocialismo, está dispuesto a seguir navegando y saludar desde el balcón de Ferraz. Sin duda que los socialistas intelectuales y los de corazón querrían otra cosa, pero él se ha puesto el gorro bicornio de Napoleón y eso, parece que no, pero acojona –con perdón–.
Ahora bien, tengo para mí que Pedro Sánchez, en su fuero interno, sabe que el final no está lejano. La voz «dimisión» se oye incluso dentro del partido, donde algunos dicen de él que es un rey Lear sin más familia que un hermano y una cónyuge imputados. Pedro Sánchez es a la vez Desdémona, Otelo y Yago, el hombre que se lo guisa y se lo come, el Juan Palomo de una democracia personalista. Obsesionado por el poder, lo único que Sánchez ha engrandecido es su soledad en la que se proyecta el oro mugriento de Delcy Rodríguez, la pasta canalla de su hermano, el teclado del software de su santa, el rojo de las mascarillas de Ábalos, la manta de su fiel escudero Santos Cerdán, actualmente en el trullo de Soto del Real, el armario del guardaespaldas Koldo, el ministro Albares, copiloto del Falcon, la vicepresidenta Yolanda Díaz con el último modelo de «lolita» o el fiscal general del Estado, muy versado en la ley del encaje. Y, encima, embriagado de esa rabia y furia que le producen los jueces y periodistas sin miedo ni esperanza, que son los únicos con los que no puede.
Y es que quienes de verdad conocen a Pedro Sánchez y que juntos caben en el puño del logo del PSOE, dicen que el presidente es un ídolo con los pies de barro, de ese con el que salió sucio y por piernas en su visita a la zona arrasada por la maldita Dana. También cuentan que huele a ceniza pese a lo poco que, a diferencia de los Reyes, ha pisado la España abrasada por las llamas. En la calle al presidente muchos le detestan y no hablo de los que le insultan o le arrojan lodo y palos. La clave de la metamorfosis de Pedro Sánchez es esa fría fullería que le define y eso el pueblo lo nota.
Porque Pedro Sánchez es ya un hombre sin biografía. En términos democráticos, un presidente del Gobierno que miente está acabado. Sánchez recuerda a Nixon a quien no le perdió la ilegalidad, sino la negación de la ilegalidad, la mentira, algo que en democracia no se perdona. La política cuando se fragua mediante falsedades y aquí se incluyen los pactos contra natura, se convierte en mercadería y eso es lo que hace años lleva haciendo Pedro Sánchez. Políticamente, hace mucho que le doy por perdido. Pero me duele que el presidente de mi gobierno cada día se humille un poco más que el anterior.
Cuando un político o un gobernante empieza a dejar de ser él, una individualidad, una personalidad, para hacerse soluble en una abstracción, quiere decirse que está pasando al olvido, a la Historia. Pedro Sánchez está dejando de ser Pedro y de ser Sánchez para ser una reliquia. Pronto, muy pronto, será una metáfora. Pedro Sánchez ha metaforizado muchas cosas: la corrupción, el nacionalismo, el ataque a la independencia judicial. Lo que el presidente agónico ha creado durante siete años largos no es una nueva sociedad, ni una nueva moral, ni un nuevo estilo, ni una democracia modelo, ni un modelo de democracia, sino un conglomerado de intereses muy benaventino. Decía don Jacinto que mejor que crear amistades es crear intereses. Y escribió «Los intereses creados». A lo que se ve y son palabras de Felipe González, Pedro Sánchez está en el Gobierno, pero no gobierna, aunque, para ser exactos, cabría agregar que Pedro Sánchez lo que preside es una sociedad anónima. Llena de nombres, pero anónima, que se comunican por delatores móviles.
Pero es que, además, lo del presidente no es sólo una cuestión ética. También es estética. Pedro Sánchez se ha puesto feo de embustero, infartado de amigos pilletes, intoxicado de contradicciones y torpe de remos, aunque luego salga muy flamenco en la televisión pública, que es su Moncloa-2. El presidente no está presentable. Da igual el traje o el terno que se ponga, pues carece de compostura, de apresto. Lo que sí tiene son arrugas en el alma. Los españoles han llegado a tal hastío de Sánchez que sólo tienen claro que ya no puede arreglar el destrozo causado, que ha mentido demasiado y que lo mejor es que se largue con su pensión en el bolsillo para sobrevivir. Si lo prefiere, a la oposición, a Bruselas, a la OTAN, pero que no se crea imprescindible. Lo único imprescindible es España.
Presidente Sánchez, permítame que se lo diga y le pido disculpas si mis palabras no le resultan gratas. Es probable que le pesen los años que lleva ejerciendo de tahúr de la política, de apóstol de la moral bolivariana y de predicador populista. Pero esto se acaba. Es mucho tiempo el que lleva difundiendo mentiras como se distribuyen prospectos de casas de lenocinio. Está de cuerpo presente en La Moncloa. Pero no es sólo usted quien fallece. También su memoria. Qué ruina de política ha cosechado, señor presidente. Impostor de sí mismo, lo ha malversado todo y a su manera muere, rebozando de farsa su nombre. Triste gobernante de España. Descanse usted en la paz del cementerio político.
Artículo publicado en ABC el 18/09/2025