5. el confidencial

La esencia del feminismo

Soy consciente de que cavilar sobre la igualdad del hombre y la mujer es tarea arriesgada y con escasas compensaciones. Aún así, voy a escribir del asunto estimulado por el acuerdo del Consejo de Ministros de ayer y, por tanto, en vísperas del Día Internacional de la Mujer, de aprobar, a instancias del presidente del Gobierno, el anteproyecto de una ley denominada “Ley de Representación Paritaria de mujeres y hombres en órganos de decisión” y que, según cuentan las fuentes gubernamentales, tiene por objeto asegurar la igualdad absoluta de la mujer con el hombre en todos los ámbitos de la sociedad, incluidos el político y el empresarial. A fuerza de ser sincero, he de confesar que a mí la decisión me ha desorientado y pienso, no sin reservas, que ahora, cuando la mujer está debidamente equiparada al hombre, la simetría de los dos sexos por esta nueva vía es una torpeza.

Porque, ¿cuáles pudieran ser las motivaciones de ese anteproyecto de ley? ¿A qué conduce esa obsesión permanente por la paridad? ¿Por qué la mitad de los puestos de la política han de ser, por disposición legal, para las mujeres?, ¿se quiere acceder, de verdad, a la igualdad?

Llevo muchos años, tantos como más de medio siglo, interesándome por el asunto de la mujer y sus circunstancias y a falta de espacio para mayores explicaciones, declaro que siempre estuve en contra de los misóginos, incluidos personajes como Kant o Confucio que consideraban a la mujer un ser sin principios o lo más corruptor y corruptible de la tierra. Todavía recuerdo a la España en que la mujer era una esclava en lo laboral y en lo sexual, hasta el punto de que al hombre el servicio doméstico le resultaba barato y el sexo le salía gratis, pues la mujer sólo servía para lavar, coser, planchar o yacer al antojo del marido y únicamente, como mucho, se le permitía distraerse con obras de caridad, el ganchillo o la catequesis.

Me lo recordaba una fiscal este fin de semana. Hasta mayo de 1975, fecha en que fue modificado, el Código Civil español decía cosas como que la mujer estaba obligada a obedecer al marido, a seguirlo dondequiera que fijara su residencia, que el marido era su representante y que no podía, sin licencia de aquél, comparecer en juicio por sí o por medio de procurador. Sin embargo, la historia manda y, por fortuna, hoy todas las diferencias en función del sexo, lo mismo que de la religión, del nacimiento, del aspecto físico, de la raza, o de cualquier otra singularidad semejante son contrarias a la Constitución y, más en concreto, al artículo 14 que, al igual que el lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, triple grito de la Revolución Francesa, y por tópico que parezca, proclama un derecho inequívoco y generalizado en todas las democracias capaces de airear ese nombre a los cuatro vientos.

Es indudable, pues, que la igualdad del hombre y la mujer es una de las más altas empresas capaces de definir el nuevo mundo en el que, bien puede decirse, España está a la cabeza. Un dato relevante facilitado por el Parlamento Europeo, es que las mujeres españolas representan el 35% de los puestos en los consejos de administración de las empresas cotizadas, o sea, cinco puntos por encima de la media de la Unión Europea. Y más. En el orden cultural la mujer española ha protagonizado una revolución tan espectacular que hoy las notables figuras del liderazgo femenino de principios de siglo pasado se quedarían de piedra al ver lo que se ha logrado. Nuestra sociedad ha demostrado ir por delante de aquellos vecinos en los que tantas veces nos miramos no sin cierto complejo de inferioridad.

Ahora bien. Si la inteligencia, lo mismo que la capacidad, se reparte al margen de los sexos y actualmente la mujer está correctamente valorada, es de lamentar que se cometan no pocas necedades como la iniciativa de querer reservar porcentajes en listas electorales, reclamar las mismas plazas en la administración pública, la sanidad o los tribunales o idénticos sueldos que los hombres, simplemente por que sí y al margen de los méritos. Estos son terrenos pantanosos y pedir, por pedir, igualdad de trato, como si la mujer fuese una especie a proteger, es retroceder parte del territorio ganado a base de tiempo, trabajo y sacrificio. Si la mujer está preparada para la política o para ocupar un puesto de elevada responsabilidad, debe ser elegida o contratada porque vale y no porque forme parte de una cuota. Una sociedad en la que las mujeres simplemente sustituyen a los hombres en su lugar privilegiado se aleja de los ideales democráticos, de justicia, e igualdad que defienden una gran parte de feministas sensatas. Hacer lo opuesto es volver a la humillante incultura del sexo. 

De acuerdo, por tanto, en que la mujer vaya alcanzando puestos y cotas de prestigio y poder a medida que el hombre hace lo propio. Sin embargo, es necesario que las feministas no se obstinen en la cabezonería de querer tener toda la razón, piedra en la que, desde la historia de los tiempos, tropezaron los hombres. Ojo con determinadas tesis radicales, como aquella que patrocinaba la exaltada Valerie Solanas en el Manifiesto por el exterminio del hombre o, por ser más actual, con algunos eslóganes o voces de “Hijos sí, maridos, no”. En la actual situación me aterran los niveles de estupidez de algunas feministas empeñadas en abrir los ojos a las mujeres cuando ellas solas descubren y nos descubren el mundo cada mañana. En palabras del poeta, el hombre y la mujer triunfan o sucumben juntos.

En esta gran España construida con el esfuerzo y buena voluntad de muchos y no obstante el afán de destrucción de algunos, lo deseable sería más naturalidad y menos reivindicaciones superfluas. Me refiero a los que se mueven por el émbolo del oportunismo y el sectarismo, según los supuestos o, lo que es igual, conforme convenga. Antes, las mujeres “progres” peleaban por su liberación y las “carcas” se apoyaban en la familia y la maternidad. Hoy lo que hay son bandos que han descubierto los cupos y están empeñados en repartirlo todo, tesis a la que me opongo como lo estoy de que las mujeres tengan que ser, por decreto, exactamente igual que los hombres y lo mismo pienso si fuera al revés. Pero, bueno, así como Cervantes aguanta a los cervantistas sin perder lustre, también las mujeres aguantan a las feministas sin perder la dignidad ni la perspectiva.

Tengo para mí que la capacidad, lo mismo que la inteligencia, se reparte al margen de los sexos. De otro lado, si se admite el sistema de los porcentajes, ¿por qué no se han de pedir cuotas también para la provisión de plazas de médicos, ingenieros, taxistas, abogados o periodistas? Y se me ocurre que ¿por qué a los bajos, a los gordos, a los calvos, a los ciegos o a los sordos, por los que siento un inmenso respeto, no se les adjudica media docena de escaños? En suma, no y mil veces no a ese feminismo singular con tintes de autoritario y convencido de ser el auténtico movimiento que lucha por la libertad y la emancipación de la mujer y que patrocina la guerra de sexos propia de un fundamentalismo feminista tan insoportable como arcaico. En el sentido opuesto, sí y mil veces sí, al feminismo singular que demanda la igualdad ante la ley sin privilegios de género y defiende la capacidad y el mérito en un sistema que ofrece oportunidades de promoción social y profesional.

En fin. Si esto que he escrito resultase defendible, sería oportuno que los españoles no dispensásemos a la iniciativa de esa Ley de Paridad mayor importancia que la de una noticia curiosa y pronto, a ser posible, dentro de una semana, la olvidásemos. A veces, algunos responsables políticos ignoran que gobiernan a personas tan listas como ellos mismos o más. A nadie, sea hombre o mujer, blanco o negro, católico o protestante, debe gustar que le embauquen, sean políticos, feministas o trovadores.         

Otrosí digo. A falta de superiores razones, declaro abiertamente que discrepo de esa práctica de decir “españoles y españolas”, “trabajadores y trabajadoras”, “ciudadanos y ciudadanas”, “jóvenes y jóvenas”, “todos y todas” y hasta “portavoces y portavozas”, impuesta por algunos políticos y comunicadores. A mi leal saber y entender, este nuevo uso es una distinción forzada, especie de retruécano, y quizá no esté de más recordar que el castellano es lengua precisa y que el neutro ha sido siempre muy bello y generoso. Es la manía de hablar con complejos de género o empeños redundantes que está degenerando en un lenguaje de broma, ante lo cual sugiero que antes de utilizarlo, se ensaye a solas y compruebe lo poco lúcido que resulta.

Artículo publicado en El Confidencial el 07/03/2023

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