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Miedo a vivir

En las primeras líneas de «El mito de Sísifo», Albert Camus afirma que el único problema filosófico verdaderamente serio es el del suicidio. Este pensamiento me ha venido a la cabeza al leer la noticia del fallecimiento de Alexandra y Anastasia Zuev, dos hermanas mellizas, de 12 años de edad, que minutos antes de ir al colegio se quitaron la vida arrojándose al vacío desde la sexta planta del edificio donde vivían con sus padres y un hermano de 10 años.

En mi juventud se decía que la tendencia al suicidio aumentaba con la edad, que los hombres se suicidaban más que las mujeres, que los solteros lo hacían más que los casados y que los intelectuales se suicidaban más que los que no lo eran. No sé que habría de cierto en ello, pero lo que si sé es que hoy las cifras son aterradoras. A tenor de un informe del Centro de Control y Prevención de Enfermedades, en Estados Unidos, cada 15 minutos una persona se quita la vida y muchas piensan en la posibilidad de hacerlo. Otros estudios, como el de la Organización Mundial de la Salud, aseguran que cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo. Eso supone unas 950.000 al año y una media de 11,4 por cada 100.000 habitantes. En España, lo hacen entre 9 y 10 personas al día. De acuerdo con las últimas cifras oficiales, en nuestro país el número de suicidios es de 4.003 al año, de los cuales, dos terceras partes corresponden a hombres. La mitad de todos los suicidas tenían entre 40 y 64 años y los de más de 65 años sumaron un 31%. El grupo de entre 25 y 39 años fue del 13,8%. Y el de 10 y 24 años sumó un total del 5%. Según el Instituto Nacional de Estadística, en el año 2021 se quitaron la vida 22 personas con edades comprendidas entre los 10 y 14 años.

¿Por qué se suicida la gente? ¿Por qué Alexandra y Alexia se han quitado la vida? ¿Por qué el pasado mes de febrero dos hermanas de igual edad hicieron lo mismo en Sallent (Barcelona)? Y más. ¿Por qué Virginia Woolf se tiró al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras? ¿Por qué Ernest Hemingway se metió en la boca su escopeta y apretó el gatillo? ¿Por qué en 2015 un buen amigo periodista se mató con una sobredosis de barbitúricos? ¿Qué pasó y pasa por la cabeza de estas personas antes de llevar a cabo tan luctuoso acto? La respuesta a estas interrogantes está en que, al parecer, en el 90% de los casos existe algún tipo de trastorno psiquiátrico, la mayor parte de las veces, una depresión, y el 10% restante obedece a un factor existencial que hace que el suicida potencial vea en el suicidio la única manera de poner fin a sus problemas. Esto es lo que cabe deducir del análisis de las 118.885 llamadas recibidas en el teléfono de Atención a la conducta suicida –el 024, puesto en marcha hace ahora un año–, de las cuales el 55,4% corresponden a personas con intenciones suicidas, de mayor o menor riesgo, y el 10,7% son allegados o del entorno de aquellas que piden información y consuelo.  

En Psicología Clínica y a salvo el natural margen de error, se da por hecho que en la mayoría de los suicidios concurren dos factores: la depresión y la impulsividad. «Nadie que es feliz se suicida», nos dice la psiquiatra Carmen Tejedor, especialista en la materia. «Quien se suicida siempre es una persona con dolor físico o moral, que no ve salida y se le hace insoportable (…); para ser libre hay que tener un equilibrio emocional, pero el que se suicida es que no tiene otra solución, luego no hay libertad», afirma la doctora Tejedor. Otros expertos en Psicología, como Teresa Martínez-Arrieta defienden la tesis de que detrás de cada suicida hay un drama, una historia que nos estremecería, ante la cual aquél se comporta pasivamente en un proceso de «indefensión aprendida» relacionado con la depresión u otros trastornos derivados de la ausencia de dominio de una situación que percibe como incontrolable, aunque realmente no lo sea.

Sea lo que fuere, a todos nos duele imaginarnos a alguien camino de la muerte, puesto que el auténtico lugar del ser humano es la vida, lo que me lleva a cavilar si para algunos la muerte no es el reverso de todo y no sólo el de la vida, que puede ser saludable, pero también rebosante de dolor. El suicidio, hasta el último instante de la decisión, jamás pasa de ser una mera hipótesis no siempre bien calculada. Son malos tiempos aquellos en los que la gente decide despedirse de esta tierra que, por un motivo u otro, no les resulta hospitalaria. El suicidio es una locura transitoria en tanto que se trata de un simple movimiento del tiempo que acaba, por fuerza, en la victoria de la muerte. Para mí tengo que quien se quita la vida, de paso supera el temor a la muerte. Lo único que puede dar miedo de la muerte es su ulterior misterio, la ignorancia de qué es lo que va a ser de nosotros y de nuestras pretensiones, mientras descubrimos el ignorado paisaje que nadie nos ha descrito nunca con fidelidad suficiente.

Cicerón decía que Dios prohíbe partir de este mundo sin su consentimiento y, en dirección semejante, Shakespeare se pregunta si es verdaderamente un crimen precipitarse en la secreta morada de la muerte antes de que venga a nosotros. Personalmente declaro mis respetos por cuantos entienden que la muerte es la espita por donde huye el contaminado aire a presión que convierte la vida en muerte, avisando de su cruel presencia. La muerte del que teme a la vida es el dramático «¡apaga y vámonos!». Es la cruz, la cruz de todo y no sólo de la vida, que puede ser placentera y saludable, pero que a veces duele como ni la muerte duele. Hay supuestos en que la muerte no es el envés de la vida, sino el borrón y cuenta nueva que mancha el recuerdo del haber y el debe de los gozos y las amarguras. La muerte no es un misterio insondable. Todo se llena de tortuosas interrogantes cuando el ser humano muere a voluntad y a contrapelo de la ley natural.

Con los cuerpos muertos de Alexandra y Anastasia de tantas «alexandras y anastasias» se agotan los adjetivos y pierden densidad y hasta significado las palabras. Con ellas sin vida, se consumen las frases rituales. Todos los muertos son iguales, se dice, pero esto no siempre es verdad, puesto que la muerte no es sino el denominador común de la inhumana evidencia de que nos ha dejado de latir el corazón. No es lo mismo morir de viejo y dulcemente, lo que pudiera ser incluso una bendición, que morir de joven e incluso de niño y, encima, violentamente, lo que quizá pudiera tomarse como una venganza del diablo contra el que nos resistimos. Tampoco es lo mismo morir deseando que alguien nos cierre los ojos, que morir sin tiempo de pensarlo siquiera. A mí el sentimiento que me produce el suicidio de las dos hermanas mellizas, de quienes únicamente me consta que eran unas criaturas maravillosas tanto en el trato como en los estudios, es el de una enorme pena porque al dejar este mundo nos demuestran que no podían con sus ensambladas y solidarias vidas y que, en el fondo, eran unas derrotadas muy precoces.

Descansen en paz Alexandra y Anastasia, esas niñas que junto a sus padres, cuando llegaron a España y fueron tan bien acogidas por sus convecinos se las prometían muy felices, pero que no encontraron la felicidad. Y descansen en paz también quienes ante el suicidio de ambas y para el buen orden y concierto de sus vidas, puedan sentir algún que otro remordimiento.

Artículo publicado en ABC el 31/05/2023

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