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Una lengua viperina en el Congreso

«Querer atar las lenguas de los maldicentes es lo mismo que querer poner puertas al campo» (Miguel de Cervantes. ´El Quijote´. Parte II, capítulo LV)

            Con la venia de la señora presidenta del Congreso de los Diputados, doña Francesca Lluc Armengol, que nada hizo para aplicar el artículo 70.3 del Reglamento de la Cámara, me permito lamentar la actitud de la portavoz de “Junts per Catalunya”, doña Miriam Nogueras, que el martes 12 de los corrientes, durante el debate de toma en consideración de la ley de Amnistía, además de otras lindezas lanzadas a diestro y siniestro, llamó «indecentes» y «togados franquistas» a los magistrados don Manuel Marchena, don Pablo Llarena, don Carlos Lesmes, doña Carmen Lamela y doña Concepción Espejel, para rematar con que «en un país normal todos serían cesados y juzgados de inmediato» por intentar «acabar con Cataluña».

            Estoy seguro de que las palabras de la diputada Nogueras no pasarán al libro de las Meditaciones, pláticas y máximas democráticas –ignoro si existe– como aportación doctrinal a la teoría del parlamentarismo moderno, como tampoco pasaron aquellas del diputado Gabriel Rufián cuando en la sesión de investidura de Mariano Rajoy arremetió contra el PSOE diciendo que sus integrantes eran «unos traidores» y que sentía por ellos «vergüenza, asco y rabia», aunque, la verdad sea dicha, para improperios los de aquel senador italiano, de nombre Nino Strano, que en la moción de confianza presentada por el primer ministro Romano Prodi espetó a su colega de escaño que era «un mariquita, una nenaza, una puta basura, un vendido y un pedazo de mierda».

            Reconozco que el Congreso de los Diputados no es un coro de seráficas voces, pues, entre otras cosas, sus oficiantes no son ángeles. De ahí que, en principio, el espectáculo ofrecido por la diputada Nogueras no tendría que sorprendernos. Lo que ocurre es que los políticos han de ser mesurados en el hablar y, aunque sólo fuera por precaución y dar ejemplo, deberían abstenerse de invadir el predio de los insidiosos y difamadores de profesión. Por eso, me asombra que antes de soltar los exabruptos que soltó, la señora Nogueras no se hubiera acordado de la norma que recomienda al político que en sus intervenciones públicas utilice un tono respetuoso y deferente. O sea, lo que Francisco Umbral pensaba cuando escribía que en España hay políticos que prefieren el insulto a la argumentación y que coincide con lo que muchos siglos antes Pericles sostenía al afirmar que «quien no se explica claramente, es lo mismo que si no pensara». La oratoria es un arte muy confuso y cuando se inflama recibe el nombre de verborrea, enfermedad difícil de combatir.

            Y ahora, unas cuantas dudas: ¿Por qué la señora diputada, fue tan borde, en el sentido de esquinada y faltona? ¿A qué viene atacar tan ferozmente al poder judicial y ciscarse en el principio de separación de poderes? ¿Por qué doña Miriam, educada en el Colegio de pago Maristas Valldemia de Mataró ofendió tanto a la judicatura y se ofendió tanto ella? ¿Estaría nerviosa o es que, en realidad, lo que hizo fue seguir el guion de su jefe Puigdemont, prófugo en Waterloo, que días antes había calificado a los jueces de «cuervos togados que se revuelven y enseñan las garras y colmillos»? ¡Vayan ustedes a saber¡ El que nace barrigón –vale también para barrigona– es inútil que lo fajen, dice el refrán tomado del Martín Fierro de José Hernández.

            Lejos de mi intención el juzgar a la diputada Nogueras, pero que en un pleno del Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional, se diga que los jueces señalados son unos «indecentes» –consúltense sus diez sinónimos en la actualización 23.7 del Diccionario de la lengua española– es inaceptable y de ahí la justificada reacción de la carrera judicial, incluida la voz de la ministra de Defensa, Margarita Robles, magistrada de profesión, que, a diferencia del silencio cómplice de Fernando Grande Marlaska, también juez, declaró que no estaba dispuesta a consentir semejante descalificación de la judicatura. En política deben prevalecer las palabras comedidas sobre las insurrectas y no se olvide que las segundas tienen mucha memoria y suelen ejercer súbita venganza.

            La diputada Nogueras y quienes aplaudieron e incluso jalearon su denuesto hubieran dado mejor ejemplo empleando adjetivos constructivos en lugar de epítetos hirientes. El Parlamento no puede ser un «mercadona» o  «corte inglés» del insulto. La democracia es la democracia y la solemne observancia de las reglas del juego se llama liturgia, que, más o menos, quiere decir, que los malos modos están proscritos. Tengo para mí que los padres de la patria deberían ser elegidos, en primarias, entre personas bien educadas o, lo que es igual, entre hombres y mujeres no propensos a echar los pies por alto a destiempo y antes de tiempo.

            Por la boca muere el pez, y por la boca han muerto no pocos políticos, lo cual podría evitarse si en el momento preciso se les diese con acíbar en los labios o en los morros que viene a ser lo mismo y que era lo que en tiempos algo lejanos se hacía con los niños descarados y lenguaraces. Quizá sea esto lo que en su día necesitó la diputada señora Nogueras, aunque no descarto que cuando, sin mayores rodeos ni miramientos, insultó y amenazó a los cinco magistrados fue porque lo que buscaba era que sus partidarios la entendiesen mejor y, sobre todo, porque de lo que se trataba era deslegitimar a un poder judicial al que considera enemigo. Prueba de ello es que anteayer, Laura Borràs, presidenta de Junts, salió a la palestra para decir que su colega Nogueras «se había quedado corta» en el insulto a los jueces «porque la lista de quienes habían combatido al independentismo era muy, muy larga». Pero bueno, lo importante es que una y otra van apañadas o, si se prefiere, lo tienen crudo. Los grandes y buenos jueces españoles saben que, como escribió el valenciano Luis Vives, sin duda el mejor humanista español del Renacimiento, «la mejor venganza de una injuria es olvidarla». Esto es lo que el pasado viernes el presidente en funciones del Consejo General del Poder Judicial dijo: «Por favor, déjennos en paz».

            En fin. Que cada cual se aplique el cuento. Y si la diputada señora Nogueras me admitiera el consejo, le diría que, para la próxima vez, antes de atacar a jueces y magistrados, cuente hasta diez y se meta la lengua en la lengüeta. Sí, en la epiglotis.

Artículo publicado en Libertad Digital el 18/12/2023

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